Es claro que el trabajo en salud mental posee responsabilidades inherentes con el cuidado, tanto de los usuarios, así como de los equipos profesionales. De esta manera, en muchas ocasiones se enfrentan desafíos éticos, emocionales y de seguridad que exigen una práctica especialmente cuidadosa, que incluye estrategias de autocuidado, supervisión profesional y trabajo en red.
El cuidado también incluye la garantía de existencia y aplicación de mecanismos de protección que las instituciones desarrollen. De acuerdo con la legislación sobre el acceso y las condiciones de prestación de los servicios en salud mental (leyes 1616 de 2013 y 2460 de 2025), para que pueda existir la protección y el cuidado efectivo, es necesario que se den las condiciones contextuales por parte de las instituciones para garantizar la protección de las y los profesionales. Esta responsabilidad institucional es un compromiso ético ineludible relacionado con la identificación y mitigación de riesgos y, en consecuencia, con la necesidad de resguardar la dignidad humana.
Ética Psicológica hace un llamado, tanto a profesionales como a instituciones de protección o prestadoras de servicios de salud y bienestar, quienes desarrollen labores con población de alto riesgo, a considerar lo siguiente:
- El apoyo psicosocioemocional, particularmente en contextos con poblaciones en condiciones de alta vulnerabilidad y complejidad, implica un riesgo elevado inherente. Es el caso de ámbitos de privación de la libertad, protección de menores, pabellones psiquiátricos, entre otros. En estos ámbitos siempre deberán considerarse las condiciones necesarias para garantizar el cuidado, la protección físico-mental y la dignidad en el ejercicio laboral de los equipos en salud mental.
- Generar contextos de trabajo seguros es una responsabilidad estatal compartida con los empleadores, de forma que es una prioridad vigilar y evaluar el cumplimiento de la normativa vigente al respecto. Las instituciones deben cumplir e implementar las condiciones y prácticas de cuidado detectadas por sus equipos de atención, llevando a cabo los ajustes razonables requeridos.
- Se debe contar con herramientas, protocolos y acciones concretas que permitan la identificación y mitigación de riesgos. Esto implica analizar las condiciones y características de la población atendida, la disposición de espacios físicos apropiados, redes de apoyo inmediato y de mediano plazo, rutas para el manejo de crisis y comunicación efectiva.
- Tener en cuenta que el autocuidado es un pilar fundamental para la prestación de servicios en salud mental. Los y las profesionales requieren de una reflexión y análisis sobre las circunstancias personales y contextuales de la prestación de sus servicios, las implicaciones que pueden tener para su bienestar y, en especial, las condiciones para una prestación de servicios seguros. Es indispensable aplicar las prácticas de autocuidado pertinentes, entre ellas, comunicar de manera clara y explícita las señales alarma o peligro que pueda detectar y exigir condiciones que garanticen su seguridad y dignidad.
Llamamos a fortalecer procesos y esfuerzos de educación emocional, resolución de conflictos y garantía de la seguridad, dignidad y bienestar de todas y todos; haciendo un énfasis particular en los equipos de apoyo en acciones de salud mental. Es necesario impedir la normalización de las violencias para reconocer el valor de la vida, un valor que debe ser protegido en todos los contextos.